DEL FALLIDO MONUMENTO A LA ESTELA DE LUZ PANISTA, A LA ESTELA DE PAZ

  Por Jesús Solís Alpuche.

México, D.D. 20 de abril de 2013.- Lo más importante del espacio público no es el uso para el que fue previsto, sino el que la ciudadanía le confiere. Por ello, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad ha pedido que se le dé otro sentido a la agraviante Estela de Luz. Para esto ha iniciado una Campaña memorial de las víctimas de la violencia en México. “Un sitio donde las miles de víctimas de la violencia en nuestro país no sólo sean reconocidas y recordadas con dignidad, sino también ennoblecidas por un centro donde la cultura de la paz viva y florezca”.

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La Estela de Luz es un monumento conmemorativo de la Ciudad de México, construido entre 2010 y 2011 con motivo de los festejos del Bicentenario de la Independencia Mexicana y del Centenario de la Revolución Mexicana. Fue inaugurado el 7 de enero del 2012 acompañado de un show de luz y sonido. Felipe Calderón Hinojosa dijo “por su importancia simbólica y belleza arquitectónica, este monumento se sumará a la majestuosidad de obras tan emblemáticas y admiradas por todos los mexicanos, como son el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez o el Monumento a la Revolución“. Fue el proyecto ganador de la convocatoria abierta por el Gobierno Federal de México para la creación de un monumento conmemorativo, concebido inicialmente como un Arco del Bicentenario.

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La inauguración del monumento conmemorativo se había previsto para el 15 de septiembre de 2010 en la Ciudad de México. Sin embargo, por diversas cuestiones la obra no se concluyó hasta finales de diciembre de 2011, y finalmente fue inaugurado después de 15 meses de retraso. Al día siguiente se suscitaron protestas públicas en el sitio, por internet y en medios masivos de comunicación.

En 2011 se destaparon varios escándalos que pusieron al descubierto presuntos malos manejos con el fondo destinado a la construcción de Estela de Luz administrado por la Secretaría de Educación Pública que encabezaba Alonso Lujambio. Por todos estos problemas, su costo, presupuestado inicialmente en 200 millones de pesos se disparó hasta alcanzar la cifra de 1,035.88 millones de pesos, lo cual subió otra vez a 1,575 millones de pesos,11 alimentando los rumores de mal manejo del presupuesto.

Desde su origen, el monumento desafió a la razón y a la ciudadanía. El gobierno de Felipe Calderón convocó a un concurso para construir un arco conmemorativo del Bicentenario de la Independencia, pero el jurado premió una torre; la construcción estuvo manchada por escándalos de corrupción; el arquitecto ganador se deslindó del proyecto, y la inauguración se realizó meses después de la fecha prevista. Si las estelas mayas mostraban el linaje de los gobernantes para legitimar el poder, la Estela de Luz llegó como la prueba en piedra de un gobierno corrupto e inoperante.

Nada más lógico que la gente se apropiara de ese espacio. Símbolo del ultraje, la Estela se transformó en sitio de reunión para la protesta. Si el monumento al centenario de la Independencia sirve para la fiesta, el del bicentenario sirve para la crítica y el duelo.

No es la primera vez que un inmueble resignifica sus funciones. El cuartel de la Ciudadela, sede de la “decena trágica”, es ahora la Ciudad de los Libros, y la antigua Cárcel de Lecumberri, bastión de los presos políticos, alberga el Archivo General de la Nación.

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La Estela de Luz representó un derroche; darle otro uso sería un ahorro. Como la Ciudadela o Lecumberri, puede convertirse en un espacio activo para la memoria. No existe una base de datos confiable de las víctimas de la guerra contra el narcotráfico. Durante seis años, cerca de 80 mil personas perdieron la vida y otras 30 mil desaparecieron sin que se conocieran sus destinos. Hasta ahora no son sino un hueco, una ausencia que lastima pero carece de definición. Crear un memorial no se reduce a rebautizar un edificio o convertirlo en talismán, sino a crear un espacio de documentación, una relatoría del pasado.

En la Estela de Luz se encuentra el Centro de Cultura Digital, que se presta a la perfección para los trabajos de acopio y proyección de la memoria. Reconvertir el sitio en Estela de Paz no es un proyecto museográfico: la memoria sólo sirve como algo actual, sujeto a una revisión que permita modificar el presente y decidir otro futuro.

Obviamente, esta iniciativa no acabaría con la violencia. Los asesinatos continúan y urge una mejor política de seguridad. Pero también los símbolos participan en la contienda. Si no se honra a las víctimas, es más fácil que existan.

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La categoría de “víctima” es moralmente compleja. Se trata de un muerto inocente. ¿Cómo probar esa inocencia? ¿Es necesario que se conozca a su verdugo para saber de quién es víctima? Esta decisiva discusión ética sólo puede prosperar si hay datos concretos acerca de los muertos y la forma en que fueron ultimados.

La construcción de una memoria colectiva en torno a la violencia también atañe a otros casos pendientes, como la guerra sucia de los años setentas, los feminicidios de Ciudad Juárez, la matanza de Tlatelolco o los periodistas asesinados, que convierten a México en el país de mayor riesgo para ejercer el oficio.

El Centro de Cultura Digital nació con vocación interdisciplinaria para transformar la Estela en un lienzo o una página que recibe diseños y mensajes eléctricos. ¿Qué debe escribir la luz en esas piedras? Hace poco fuimos testigos de una inocente iniciativa que permitió a expresivos ciudadanos construir frases del tipo “I love tlacoyos”. Aunque esos lemas no producen daños irreversibles, sólo son memorables como exceso de frivolidad.

Transformar el fallido monumento en Estela de Paz permitiría la producción de narrativas, poemas y trazos luminosos en torno a un tema capital de nuestra hora: ¿cómo combatir la violencia desde la cultura?

Tan importante como disponer de un espacio urbano para el festejo es disponer de un memorial para lo que se perdió en forma innecesaria.

El Movimiento por la Paz ha lanzado una campaña para la creación de la Estela de Paz. Cuando se recojan las primeras cien mil firmas, la propuesta será llevada al presidente Enrique Peña Nieto. La causa puede ser apoyada en http://www.change.org/esteladepaz

En “El lenguaje de las piedras”, célebre texto sobre la estatuaria mexicana, escribió Jorge Ibargüengoitia: “Es probable que en el futuro ya ni siquiera haya monumentos, sino que los edificios van a ser tan expresivos, que bastará con verlos para darse cuenta de las aspiraciones de un pueblo”.

En lo que llega ese deseable porvenir, podemos transformar un monumento sin sentido en un espacio destinado a la vida que sólo concede la memoria.

 

Alfonso Zárate, presidente del grupo consultor interdisciplinario @alfonsozarate dice al respecto: “No puedo imaginar un dolor más grande que la pérdida de un hijo; más dolorosa aún cuando su muerte fue producto de la sinrazón: perder la vida en manos de los delincuentes de la peor calaña, los secuestradores, o como consecuencia de la mala fortuna: haber quedado en medio de fuego cruzado.

Para los padres, hermanos, abuelos y amigos de los muertos no hay consuelo y sus muertos estarán siempre en su memoria. Con su dolor a cuestas, los integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que encabeza Javier Sicilia, demandan convertir a la Estela de Luz en memorial de las víctimas de la violencia, muchos activistas, escritores, filósofos, cineastas y demás se han sumado a este reclamo.

En el texto que dirigirán al presidente de la república proponen convertir la Estela de Luz en “un sitio donde las miles de víctimas de la violencia en nuestro país no sólo sean reconocidas y recordadas con dignidad, sino también ennoblecidas por un centro donde la cultura de la paz viva y florezca”.

Aun con toda la tragedia que han dejado las muertes asociadas a la violencia de estos años, las decenas de miles de muertos, no comparto esa idea.

En la Plaza de las Tres Culturas (“de las sepulturas”, se le llamó después de aquella tarde funesta) hay un memorial discreto por los caídos el 2 de octubre, en su mayoría jóvenes estudiantes que tenían una causa: luchaban en un entorno autoritario por oxigenar la vida pública; en esos días la protesta podía pagarse con una golpiza, cárcel o la muerte. Con la osadía de su protesta desacralizaron al poder presidencial y abrieron cauces para tiempos mejores.

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Entiendo las razones detrás de la propuesta de darle otro objetivo a la Estela de Luz, que hoy nos recuerda la ineptitud y la corrupción de quienes se beneficiaron con esta obra inútil y excesiva. Pero si de eso se tratara, de darle otro sentido a ese monumento, una alternativa podría ser que se dedicara a la memoria de tantos mexicanos, anónimos o no, que en el siglo pasado expusieron su vida para heredarnos un país con mayores libertades e incipiente democracia; pienso, desde luego, en la generación de 1968, pero no sólo en ella; también en los participantes de los movimientos de ferrocarrileros, maestros y médicos, por citar los más destacados en la segunda mitad del siglo XX. En tal caso, se podría establecer en ese sitio un centro de estudios y una biblioteca con testimonios de esos esfuerzos que se dieron con valentía y que, repito, tuvieron una causa, una razón de ser. Un homenaje a personajes como Demetrio Vallejo y Valentín Campa, aunque no hubieran muerto en esa lucha; a Othón Salazar y Encarnación Pérez Rivero, del movimiento magisterial de 1958, a Roberta Avendaño, La Tita, y a Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, un líder valiente del 68, recién fallecido; o al gran escritor José Revueltas, maestro y compañero de aquella generación, cuyo centenario se cumple el año entrante; a Arnoldo Martínez Verdugo y Carlos Castillo Peraza…

Estoy seguro de que podrían proponerse otros destinos para la Estela de Luz, ojalá se expresen. Sin embargo, con todo respeto, creo que no todas las muertes son iguales. No habría que hacer tabla rasa de nuestra historia. Para mí sería aberrante incluir entre las víctimas a los victimarios: la inmensa mayoría de asesinados en los últimos seis años por enfrentamientos entre bandas por el control de territorios; muchos de ellos cobraron la vida de inocentes. Entiendo que el dolor de los deudos reclame el desagravio, aunque sea simbólico, por el sacrificio de inocentes. Considero, sin embargo, que lo único que puede resarcir en algo la pérdida irreparable, individual y colectiva, es demandar a las instituciones del Estado mexicano mucho más que símbolos y monumentos.

Lo crucial, para el presente y el porvenir, es exigir el fin de la impunidad. Que quienes hoy disponen de la vida y la muerte enfrenten la justicia y purguen la brutalidad de sus acciones con una condena ejemplar. Y que los responsables de la negligencia política y administrativa, ésa que convirtió la crisis de seguridad en tragedia nacional, asuman y paguen el costo. Mientras esto no ocurra, sermones y memoriales servirán de muy poco”.chantzacan@hotmail.com

 

 

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